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La práctica psicoanalítica es siempre teórico-clínica y las propuestas técnicas son solidarias con la constelación metapsicológica. En eso consiste el método freudiano: en el análisis de un sueño, de un lapsus, de un síntoma, etc., para luego proponer modelos teóricos que den cuenta acerca de la dinámica que generan dichos fenómenos.
El trabajo analítico tiene por objetivo hacer consciente lo inconsciente y también permite que el yo se libere de ciertas trabas que le dificultan la investidura de sus metas. Investidura necesaria para administrar sus posibilidades libidinales, cuyo placer necesita recuperar para ser, para tener y para ejercer esa función de anticipación de sí mismo. Sin esa anticipación «se derrumba su proyecto identificatorio y su relación con la temporalidad» (P. Aulagnier, 1979).
La demanda de análisis se basa en un exceso de sufrimiento, que es resultado del conflicto del yo con el deseo inconsciente, con las exigencias del superyó y con los apremios de la realidad. Y el trabajo del análisis promueve que el paciente invista narcisísticamente su yo actual, y también el tiempo futuro. El yo persiste transformándose, aceptando descubrirse distinto del yo que era y del yo que debería devenir. Ello implica todo un trabajo de deconstrucción-reconstrucción identificatoria.
Ahora bien, el proceso analítico involucra una historización simbolizante y pone en marcha un trabajo de re-interpretación abierto. Al ser el sujeto «autoteorizante», «autosimbolizante», también se produce un trabajo de simbolización subterráneo.