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Actuar de manera correcta impregna y envuelve el psicoanálisis. Desde nuestra preocupación por las transgresiones límites, hasta nuestra esperanza de poder hacer una interpretación correcta, intentamos ser honrados y atentos; en otras palabras, obrar correctamente. Esta exactitud y «corrección» jamás son tan evidentes como en los esfuerzos para trabajar según un método prescrito y proscrito. Así, todos los analistas afirmamos honrar y respetar el método psicoanalítico, y si actuamos según las reglas, debemos llegar, por un tipo de lógica interna, a un punto final correcto. Para sorpresa nuestra —e incluso en último caso para desilusión nuestra— los que nos aferramos a este sistema nos hemos dado cuenta que a veces parecemos no ser capaces de suscribir estas reglas, y otras veces seguirlas de manera aparentemente fiel conduce a un resultado infeliz, y, ocasionalmente, el camino más feliz hacia una resolución agradable es no tener en cuenta las reglas. Sólo cabe preguntarnos si hemos seguido correctamente el método, o si tal vez nuestras reglas están equivocadas, e incluso si, curiosamente, el psicoanálisis y la corrección no se acomodan el uno al otro, y no llegan a formar una unión cómoda.
La práctica del psicoanálisis, o la utilización del método, conlleva —al igual que cualquier otro procedimiento que dice tener un método— un compromiso de obrar según las reglas. Todo el que quiere aprender a practicar el análisis dispone de libros que explican la forma adecuada de actuar; hace una supervisión que le permite estudiar y corregir errores; y tiene una vida profesional con los pacientes. Todo esto está diseñado para mejorar la técnica y, guste o no, para crear un conjunto de reglas propias, que frecuentemente se ajustan a los libros, a los supervisores, y al éxito o fracaso con el paciente.
Para empezar necesitamos distinguir, tal y como insistió Wittgenstein (1967), entre obrar según una regla y comprender una regla. Esta distinción puede ser menos fácil de