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El psicoanálisis, ciencia en evolución, fue creado por S. Freud en un intento de dar una alternativa terapéutica a una serie de pacientes, denominados «nerviosos», que paseaban con escaso resultado por las consultas de distintos especialistas médicos. La propia evolución del psicoanálisis ha llevado a que los términos de enfermedad, salud, tratamiento, etc., se hayan ido desgajando de su primer significado médico para ir adquiriendo una propia conceptualización, específicamente psicoanalítica.
Por más que no sea «a la moda» he de confesar que como psicoanalista en ejercicio padezco de una idea incurable, la ambición de curar. Ambición de cura psicoanalítica que a estas alturas de la evolución del psicoanálisis, y mía personal, se aleja considerablemente de aquel furor sanandi, entendido desde la antigua perspectiva médica, del que tan pertinentemente nos prevenía Freud, y que dicho sea de paso se refería especialmente al riesgo de que el trabajo interpretativo centrado sobre el síntoma, convierta a éste en un casus belli e instrumento de poder del paciente sobre el deseo del analista, o a la necesidad extraanalítica de demostrar a alguien externo la bondad del método (A.E. 12, 114). Si no es desde una ambición de disminuir el sufrimiento innecesario, la complejidad, esfuerzo y duración de un proceso psicoanalítico no se sostiene a no ser que esté basado en otras consideraciones profundamente poco lícitas (Cruz Roche, 1997). Por otra parte, solamente la preocupación por la cura nos enfrentará continuamente con la adecuación de nuestra técnica al desarrollo de un proceso psicoanalítico con este paciente determinado, y nos impedirá el fácil recurso de considerar cualquier fracaso o impasse terapéutico como debido a un «exceso de pulsión de muerte», a una «excesiva viscosidad de la libido», a una «reacción terapéutica negativa», o a cualquier otra seudoteorización que nos alivie de la responsabilidad de adecuar y depurar nuestras actitudes técnicas, y nuestras conceptual