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Todo analista llega a estructurarse en su propia identidad como profesional, a través del análisis personal, una sólida formación y el estudio de textos elegidos según sus intereses y personalidad. Sin embargo, es solamente a lo largo de todo nuestro quehacer cotidiano que se va configurando en nosotros esta identidad, identidad que nos diferencia de otros y que se refleja en nuestro trabajo con el paciente.
La identidad del psicoanalista, parte de la necesidad de asumir la propia castración. En primer lugar, ha de someterse a ella a la hora de ser admitido o no para el inicio de la formación, aceptando los requisitos y las limitaciones que le vienen dados desde la Institución, que le van a preparar para que pueda afrontar más adelante el ejercicio diario de la profesión. En segundo lugar, ha de prepararse para afrontar y entender los logros, las dificultades, las limitaciones, y los fracasos. En un tercer lugar, va a necesitar junto con su preparación científica, aprender a ejercitar la paciencia para seguir el discurso del analizado durante toda la duración del tratamiento, y escuchar atentamente lo que el paciente va a decir de sí mismo, durante el transcurso de las sesiones y en el discurrir del tiempo año tras año, para saber hablar, para saber callar cuando es necesario.
Necesita además aprender a reconocerse en el personaje en el que el paciente va a situarlo desde la transferencia de su sexualidad infantil, a tomar distancia de los halagos y de las agresiones. No hemos de olvidarnos del pisoteo de nuestro narcisismo, con el que constantemente vamos a vernos confrontados, y hemos de estar preparados así mismo, para soportarlo, ya que son las vicisitudes que implica el día a día del trabajo de un psicoanalista con su paciente.
La identidad del psicoanalista, siempre proviene de la propia relación con su inconsciente. Un mal manejo del inconsciente por parte del analista,