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Cuando Freud afirma que el Complejo de Edipo es el complejo nuclear en la vida psíquica del individuo, está descubriendo una realidad que se nos muestra tanto más evidente cuanto más sabemos acerca de su destino en función de la posibilidad o no de elaborar la situación triangular, lo que supone tolerar la exclusión, la frustración, aceptar las diferencias de sexo y generaciones que implican tanto la renuncia a la bisexualidad como la inclusión de la temporalidad, siendo ambas emblemáticos paradigmas de la incompletud y finitud de nuestra existencia.
El Edipo configura la especificidad del individuo en su contingencia, y ello es justamente lo que le confiere el carácter de universal, a la vez que se individualiza en cada sujeto en función de los elementos particulares que configuran la historia mítica, cuyo guión y personajes son productos exclusivos e intransferibles. En este sentido participa de esa capacidad creativa que es así mismo consustancial al ser humano.
Si cada Edipo es una creación, cada proceso analítico participa de esa cualidad. Analista y analizado están comprometidos desde distintas posiciones en el desciframiento de un enigma, cuyo lenguaje polisémico se inscribe en el laberinto de las pulsiones, donde el objeto, que es siempre objeto de la pulsión, parece desfigurado para satisfacción del deseo. Máscara de significados múltiples, generadora de identificaciones, persecución, amor idealizado… Descubrir su verdadero rostro requiere levantar la amnesia infantil, lo olvidado es guardián de recuerdos que opone resistencia a la violación de un espacio donde celosamente se ocultan esos personajes edípicos. Su existencia