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Laplache y Pontalis (1983) definen la perversión como una desviación respecto al acto sexual «normal», que es descrito como un coito dirigido a obtener el orgasmo por penetración genital con una persona del sexo opuesto. Existe perversión: a) cuando el orgasmo se obtiene con otros objetos sexuales (homosexualidad, paidofilia, etc.) o b) por medio de otras zonas sexuales (por ejemplo, coito anal). También c) cuando el orgasmo se supedita a ciertas condiciones extrínsecas (fetichismo, travestismo, sadomasoquismo, etc.).
La perversión es una entidad clínica muy debatida actualmente. En el panel que sobre este tema se celebró en el Congreso de la I.P.A. en Barcelona (1997). J. Stubrin mostró su rechazo hacia el término perversión, ya que considera que la desaprobación moral que conlleva no se corresponde con la ética psicoanalítica. Por el contrario, J. Chasseget-Smirgel manifestó su acuerdo con Stoller respecto a la necesidad de mantener la perversión como la entidad clínica caracterizada por la vinculación del odio y la destructividad con la sexualidad. En el mismo Congreso, Coderch señaló que la clave para definir al paciente perverso no está en su comportamiento sexual externo, sino en la estructuración de su mundo interno. La estructura mental perversa se caracteriza para este autor por una escena primaria donde el paciente se identifica con un niño observador, extraño e intrusivo, que perturba y destruye con su envidia la relación sexual creativa entre los padres.
Por mi parte, considero la perversión fetichista como una consecuencia