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M. Klein y W. Bion nos han ayudado a pensar acerca de cómo la conducta humana está afectada por el cambio y predominio de diferentes estados mentales, y por el impacto de estos estados en los cambios en el desarrollo propios de cada edad (Waddell, 1998).
Estos estados mentales, que Klein denominó posiciones, expresan la perspectiva desde la que uno se experimenta a sí mismo, al propio cuerpo y a las relaciones con el mundo.
Como es sabido, el término esquizo-paranoide describe el estado mental más temprano en el bebé y abarca tanto la naturaleza de la ansiedad predominante, el miedo a la persecución y desintegración del self, como la naturaleza de las defensas ante estos temores. El funcionamiento escindido, esquizoide —tal es la naturaleza de las defensas— hace que tanto el yo como el objeto y las experiencias sean vividos de manera muy extrema y no realista como intensamente gratificantes (buenas) o extremadamente perturbadoras, terroríficas (malas). Este estado mental del bebé se caracteriza por la exclusiva preocupación por sus propios intereses, por una sensación de persecución frente al dolor y a la turbulencia emocional y por centrarse en la preservación del self a toda costa. Éste es un estado natural y necesario en este momento temprano de la vida en el que el bebé tiene que manejar experiencias emocionales para las que todavía no tiene capacidad mental para digerir.
En el estado mental de la posición depresiva predomina una mayor consideración por el objeto, con el que el bebé se relaciona ahora de una forma más completa, balanceada y ambivalente. Emergen sentimientos de