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En diversos lugares de su obra, Freud indicó que el psicoanálisis podía considerarse en una triple perspectiva: como un método terapéutico, como una teoría de la vida psíquica y como un método de estudio de aplicación general.1 Abandonando de momento, pese a su interés, este último aspecto me referiré a los dos primeros.
En la intención de Freud, el psicoanálisis fue siempre una elaboración científica, que había de contraponerse a la especulación filosófica —por la que se sentía especialmente atraído, pero de la que se precavía— y a lo que denominaba una concepción del mundo (Weltanschauung), no en el sentido de totalización más o menos precaria y provisional que todos nos vemos obligados a efectuar —aunque caben distintas maneras de hacerlo—, sino en cuanto «construcción intelectual que resuelve unitariamente, sobre la base de una hipótesis superior, todos los problemas de nuestro ser, y en la cual, por tanto, no queda abierta interrogación ninguna y encuentra su lugar determinado todo lo que requiere nuestro interés».2 Mas, capacidad de interrogación no fue precisamente lo que le faltó a Freud, de modo que, pese al marco positivista en el que inicialmente fraguó su labor, se vio obligado a superarlo, embarcándose así en esa crisis del concepto de ciencia que el siglo XX ha conocido y en relación con la cual podemos considerar algunos problemas epistemológicos que el psicoanálisis comporta.
Lo primero que es preciso observar es que esa crisis no ha hecho sino favorecer la credibilidad científica del psicoanálisis, que en un marco estrictamente