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La temporalidad es un concepto complejo que ha interesado al hombre desde el principio de la humanidad. Las civilizaciones más antiguas le concedieron gran importancia, y su interés en medirlo dio lugar al calendario.
La conciencia de la temporalidad en el ser humano ha dado lugar a una búsqueda constante. Así, por ejemplo, Platón relaciona el carácter temporal de las obras con el universo material. Aristóteles dice que el espacio y el tiempo son cantidades continuas, divisibles al infinito. Pero esta infinitud era para él sólo potencial y no actual. Husserl en el siglo XIX elogia a san Agustín, quien rechaza ya la concepción objetiva y cosmológica del tiempo, y desvela el origen subjetivo. Bergson señala la originalidad del tiempo vivido, que es la sustancia misma de la conciencia, por oposición al tiempo material y al tiempo especializado.
Esta preocupación con respecto al tiempo inherente al hombre, abarca a todas las ramas de la ciencia, filosofía, astronomía, física, con sus diferentes concepciones, hasta el punto que la física cuántica llega a afirmar la discontinuidad temporal.
Así, junto a la temporalidad objetiva y mesurable, nos encontramos con la temporalidad subjetiva. Pero incluso esta temporalidad subjetiva es de una gran complejidad. En los tiempos actuales, parece como si hubiera que interrumpir el tiempo; todo tiene que ser aquí y ahora, y domina el principio del placer: sea hacer dinero inmediatamente, sin ninguna espera, y en la forma más rápida y más cuantiosa posible, sea el placer en el que el día no se acaba; el tiempo no tiene límites, la diversión tiene que continuar. El alcohol y las drogas mantienen al sujeto como si el tiempo de descanso no existiese. Los After Hours —curiosa expresión— son la prueba de lo mismo. El tiempo se ha parado o no existe…
En el psicoanálisis estamos enfrentados a las diferentes temporalidades que nos presentan nuestros pacientes, temporalidades en las que presente, pasado y futuro aparecen como diferentes figuras ca