You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
Simple constatación: hoy sucede a ayer. ¿Simple? No, la verdad es que no, pues esta constatación supone que ya se tiene una cierta organización temporal, un sentido de la sucesión y un lenguaje para elaborarlo y decirlo. También se presupone una memoria que registra todo dado que nada se olvida, y que lo restituye en un modo versátil que hace que, por casualidad, uno se pregunte: ¿cuándo fue ayer? O bien: ¿qué pasó ayer? En cualquier caso, afirmar en general que hoy sucede a ayer procede de una evidencia cercana a la certeza.
Siguiente pregunta: ¿sucederá mañana a hoy? En principio sí, salvo que se presente por sorpresa el fin del mundo. En cualquier caso, esto sucederá, aunque yo no esté para constatarlo. Esta anticipación —no me atrevo a decir: esta esperanza— procede no ya de la evidencia, y menos aún de la certeza, sino de la creencia. Mañana el sol saldrá a las 7.12 h, es un hecho…
Hemos dicho «creencia» porque, subyaciendo a la gran seguridad de los astrónomos, por estos parajes merodean fantasmas de engendramiento, de filiación: el ayer produce el hoy. Pero cuidado: «producir» dice más que «repetir» y menos que «explicar». Sin embargo, pensar que el hoy repite el ayer es constatar una evolución, aunque sea con progreso cero. Por el contrario, pensar que el hoy repite el ayer, pero con algo más que ha producido precisamente el ayer, es pasar de una temporalidad lineal simple a una causalidad inscrita en el tiempo. El pasado induce al presente que a su vez modifica o incluso determina el futuro.
La palabra «determinar» está cargada de consecuencias: ¿dónde está el