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La temporalidad está en el centro del concepto psicoanalítico del psiquismo. Cada ser humano tiene una historia individual, pero la historicidad psíquica es un rasgo común de todos los individuos. Ahora bien, la historicidad del psiquismo supone su temporalidad puesto que supone una sucesión de estados psíquicos en la cual cada estado supone otro estado que lo antecede y otro que le sucede, ya que sus lugares no son en absoluto intercambiables. Esta sucesión tiene un sentido, está vectorizada. En virtud de esto, un estado que precede a otro se define como su pasado. Esta sucesión de estados que se pueden denominar momentos psíquicos y que a su vez es la esencia misma de la temporalidad psíquica, se torna historicidad psíquica cuando, entre un estado psíquico y el estado (o los estados…) que lo precede (el pasado), se establecen unas relaciones causales. Sin embargo, en la realidad psíquica concreta, la distinción conceptual entre tiempo e historia, justificada como tal, sólo es teórica, puesto que no existe otro tiempo que el implicado en la historia psíquica vivida.
Claude Le Guen planteó una cuestión fundamental al preguntarse si el tiempo es un concepto analítico. La respuesta fenomenológica nos parece clara, puesto que la historicidad de la vida psíquica es irrecusable y conlleva la temporalidad, pero se seguirá planteando mientras no se dé una justificación metapsicológica a esta afirmación. ¿Cómo podemos dar tal justificación? Planteamos la hipótesis de que tenemos que contemplar las pulsiones para comprender la inserción del tiempo en el psiquismo. Tenemos que explicar esta elección. Freud en Más allá del principio del placer dice que nuestra representación del tiempo tiene su fuente en la auto-percepción del trabajo psíquico del preconsciente-consciente: «Nuestra representación abstracta