You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
La intervención de la temporalidad desempeña un papel decisivo en el establecimiento del sistema defensivo frente a la pulsión. Íntimamente ligada al principio de placer/displacer, la relación objetal es el eje alrededor del que se va integrando la dimensión temporal y su corolario, el principio de realidad.
La negación de la temporalidad tiene consecuencias paradójicas: la satisfacción inmediata del deseo se ha convertido en un derecho exigido por las mentalidades contemporáneas. El lema sería: hay que disfrutar ahora. Sin embargo, la verdadera satisfacción pasa por admitir la existencia y la necesidad del objeto. La toma de conciencia de esta necesidad y sus implicaciones produce a menudo pánico. El mecanismo de la supresión hace que se ignoren los afectos que se acumulan como una pura carga energética. Las tentativas de descargar este exceso de excitación mediante comportamientos motores y sensoriales mantienen al sujeto prisionero de una actualidad inmóvil, que repite estérilmente «lo idéntico» (según la expresión de M. de M'Uzan). La reduplicación de unos pseudo-objetos intercambiables evacua la duración y la temporalidad. Se huye entonces fóbicamente de la ternura, del compromiso, de la sublimación psíquica, de la emoción secundarizada, del objeto como objeto autónomo y no como espejo narcisista. La resistencia a la regresión temporal como retorno elaborativo al pasado bloquea la andadura humana que se agota sin avanzar, como en las cintas mecánicas de los gimnasios.
Todos estos fenómenos obligan al analista a profundizar en la dimensión temporal, tan indispensable para una constitución suficientemente equilibrada del psiquismo como vapuleada en nuestra civilización. Técnicamente, de cara a una clínica cada vez más enigmática a fuerza de banalidad,