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La Srta. R. vino a mí por estar aquejada de aterradores impulsos suicidas, fuertes cambios de humor, arranques frecuentes de comportamiento incontrolado en el trabajo y en casa e incapacidad para relacionarse con hombres. Su hermana, 16 meses más joven que ella, acababa de anunciar a la familia que estaba prometida e iba a casarse. La Srta. R. sintió que no sobreviviría al nacimiento de los hijos de su hermana. Ella no podía tolerar la idea de convertirse en la tía solterona. Prefería morirse. Su hermana siempre le había arruinado la vida.
Desde el primer encuentro con esta inteligente mujer de 33 años que se expresaba correctamente, sentí que su narrativa fluida correspondía a una rígida y preestablecida historia a la que ella se aferraba, temerosa de que yo me entrometiera o la perturbara. La discrepancia entre su presentación aparentemente articulada y abierta y su reticencia a comprometerse en un verdadero diálogo, revelaban su ansiedad y desconfianza por cualquier relación íntima. Esto encajaba con el hecho de que ella había tenido sólo un romance apasionado, hacía 5 años, que consistió en un par de días de intensa actividad sexual, habiendo vuelto después el hombre con su anterior novia. La Srta. R. me dijo que ella no podía permitir que se fuera y describió un patrón de violentas disputas y reconciliaciones seguidas por nuevas traiciones. La naturaleza sadomasoquista de la relación parecía evidente.
Normalmente, los pacientes que buscan ayuda se han debatido con sus problemas, a menudo durante muchos años, pero cuando ellos acuden finalmente al tratamiento analítico, con frecuencia expresan la esperanza de que, a través del análisis, puedan encontrar en su pasado alguna explicación a las raíces de sus problemas. Me llamó la atención que en el caso de la señorita R. esto era al revés, ella ya tenía una explicación. Cada dificultad era vivida como una consecuencia de su trauma temprano y una prueba de su victimización.