You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
El romanticismo, el idealismo y la ideología, frecuentemente —y puede que inevitablemente— asociados con la descripción de las relaciones precoces madre-hijo, tienen una lógica que tiende a ignorar al padre (aunque se le mencione como recordatorio). Lo mismo ocurre con las observaciones sistemáticas. Ambas pueden inspirar no sólo prácticas pedagógicas y terapéuticas, sino toda una filosofía de la existencia que parece omitir el papel del padre. En este mismo orden de cosas, los modos de «filiación atípica» que se desarrollan rápidamente, pueden dar credibilidad a los fantasmas partenogenéticos. De ahí la actualidad de la siguiente pregunta: ¿podemos limitar el lugar y la función del padre a la función paterna sin correr el riesgo de quedarnos en una abstracción que le dejaría en las nubes o al menos en el cielo de la trascendencia?
Su primera función sería la mirada exterior y la palabra de un testigo que sujeta el espejo en el cual se objetivan, se sitúan o se convierten en algo pensable la madre, el niño y sus relaciones, en tanto éstas le incluyan o le excluyan. El padre mira, habla y actúa: es embajador de la realidad, garante, mediador, protector pero también perturbador, factor de conflicto, obstáculo, fijador de límites y de prohibiciones.
Al considerar la función paterna corremos el riesgo de olvidar que el padre es para el niño, un objeto y un objeto pulsionalmente investido. Que la relación corporal y el vínculo con las huellas mnésicas de las primeras experiencias de satisfacción no ocupen el mismo lugar que con la madre, no impide al padre tener un cuerpo, no mamas como Tiresias, pero sí un sexo, una sensualidad propia: el padre como hombre, como masculino, semejante y diferente de la madre, fuente de representaciones organizadoras de los deseos y de las identificaciones, tanto para el niño como para la niña.