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¿En qué medida las producciones artísticas de una civilización reflejan los movimientos inconscientes que la sostienen?
La iconografía de la Virgen y el Niño en la pintura italiana del primer Renacimiento de Lippi a Bellini pasando por Piero della Francesca y otros muchos artistas, reproduce un esquema repetitivo demasiado frecuente para atribuirlo a la casualidad o a la moda.
El sentimiento que estos cuadros suscitan se caracteriza por un malestar difuso: a pesar de su belleza plástica y de su refinamiento cromático, la escena en cuestión refleja un vínculo muy particular entre los dos protagonistas. La relación materno-infantil que en principio hubiera debido enternecer no despierta en el espectador sino frialdad y extrañeza.
La emoción y la admiración que nos invaden ante las obras del Quattrocento a las que me refiero se origina en otros factores: en su antigüedad, en primer lugar; en su frescura intacta a pesar de los siglos, en la maestría de la forma, de la materia, de la luz, del color… en el poder evocador de las costumbres, los paisajes, las vestimentas, los edificios, los personajes secundarios, en suma, en toda esa vida pujante que puebla sus fondos en llamativo contraste con la fijeza del drama central.
La madre y su bebé, aunque juntos, evolucionan en mundos distintos y las convenciones de este tipo de iconografía —una madre que sostiene al niño en su regazo o lo adora arrodillada ante él— no consiguen establecer un verdadero contacto entre ambos. Ninguna afectividad, ningún vínculo los une. No hay intercambio de miradas y los dos personajes parecen ajenos a lo que les rodea, ensimismados en un drama interno.