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Un hombre y una mujer comparten mesa y cama, y tienen hijos. El porqué se unen, y el porqué del uno con el otro, y no con un tercero, nunca se sabe bien: cada casa es un mundo. Está lo del amor, sobre el modelo de una condición erótica que le viene a cada cual de su padre y de su madre. Pero hay más motivos. Además de un lugar de realización positiva de fantasías y deseos, la pareja es un refugio contra insuficiencias y temores —por ejemplo, el de la soledad—, y escenario de completamientos proyectivo-introyectivo recíprocos. Lo cual sugiere que no es empresa fácil distinguir el aporte de cada miembro de la pareja a la sociedad que constituyen porque, a poco que esté algo consolidada, es inefable la magnitud de sus intercambios proyectivos: cada caso es un mundo.
Y a ese lugar, tan diverso e inextricable, llegan los hijos. Llegan por presión de un imperativo biológico inmemorial, que entre los humanos toma la forma de una exigencia de satisfacción de deseos, pero también de satisfacción de necesidades narcisistas e identificatorias de los padres. Es que los hijos se deslizan como por un tubo a lo largo de las generaciones, y van saliendo a la luz cuando consiguen colarse por un deseo, una necesidad o un descuido. Pero el lugar adonde llegan no está claro, porque cada uno de los padres está allí como puede, y trae una historia compleja que ignora en gran medida.
La historia de cada uno de ellos es singular, resultado del entrecruzamiento de muchas historias singulares. O sea que la historia de nuestro hombre y nuestra mujer se enlaza con la de cada uno de sus antepasados, hasta el