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La sexualidad infantil supone un profundo mentís a una concepción del psicoanálisis como sistema unificado. La pretensión unificadora suele llevar aparejada la represión. S. Freud en su obra Tres ensayos de teoría sexual afirma que la pulsión sexual, origen de la sexualidad infantil, no es algo simple, sino que consta de diversos componentes, que pueden articularse o separarse.
El significante psicoanalítico, heredero de la sexualidad infantil, es heterogéneo en su materia, por cuanto engloba la palabra, la cosa y el afecto; aunque homogeneizado en el plano de la función en tanto representa al sujeto. La propia riqueza de la organización pulsional asegura la diversidad de la vida, impidiendo que quede prisionera de una visión estrechamente normativa (A. Green, 1996).
Podemos preguntarnos si ese descuido de lo infantil, revelado por Freud en 1905, ha sido corregido o permanece vigente en la actualidad. Considero que rescatar la sexualidad infantil es recuperar el lenguaje erógeno del cuerpo, la lengua de lo sensible de nuestras fibras y de nuestros sueños, que nunca se deja reabsorber del todo y encerrar en códigos; lengua sensible para restituirle sus secretos pasionales, pulsionales y sensoriales (J. Kristeva, 2000).
Volver a la sexualidad infantil desde el adulto es retornar a aquello del pasado que insiste, reprimido en el inconsciente, cubierto por la amnesia; volver a un territorio en el que todos somos iguales, en tanto marcados por las impresiones olvidadas que dejaron las más profundas huellas en nuestra