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En el escueto historial «Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina» (S. Freud, 1920a) Freud nos participa de su fracaso terapéutico. Lo hace con la misma honestidad intelectual que tuvo cuando escribió la epicrisis de Dora o se cuestionó sobre si el análisis era terminable o interminable. Él tenía la valentía de ir reformulando las bases teóricas y técnicas de su propio pensamiento, asumiendo muchas veces sus errores a pesar de haber desconocido, inevitablemente, las contradicciones hacia donde lo condujeron sus propios hallazgos. Hay una larga tradición en regresar a los materiales clínicos de Freud para volver a pensarlos. Intentamos en este texto inscribirnos en esa cultura.
En este trabajo proponemos explorar —con todas las dudas, que como a nosotros, seguramente a muchos plantea— una consulta familiar, conjeturada sobre la base de aquella que le hicieron a Freud, cuando los padres requirieron su atención por esta hija, catalogada como «joven homosexual», quien les provocaba tanto disgusto y cuidado.
Una pregunta frecuente entre analistas de niños y adolescentes se suscita respecto a la pertinencia o necesidad de indicar un tratamiento familiar. No nos extenderemos sobre los múltiples argumentos que sostienen esta pregunta, pero mencionemos uno que suele inclinar a los analistas: la multideterminación de los síntomas entre los que se incluye la familia como causante