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La lectura del muy interesante artículo de Isabel Usobiaga, «Las flores son para los vivos» (Revista de Psicoanálisis de la Asoc. Psic. de Madrid [2001], n.° 35), me ha llevado a detenerme particularmente en la interpretación que la analista hace en un momento crucial del análisis e intentar desarrollar los elementos que condensa, así como seguir la huella de sus efectos transformadores en la economía psíquica de la paciente.
La hipótesis que presento parte de considerar que los síntomas que aparecen en la cura de la paciente corresponden a un guión melancólico fijo, una escena de teatro paralizada como un paso de Semana Santa. Mi hipótesis es que se trata, a través del suicidio, de asesinar y matar al objeto con la intención de dar vida a la situación fantasmática bloqueada en fetiche, es decir pasar del fetiche a la fantasía. El problema es, como en toda melancolía, elaborar la sombra del objeto sobre el yo, diferenciar la sombra, el yo y el objeto, es decir las identificaciones melancólicas fetichizadas.
¿Cuál es la imagen fija y eterna a la que el suicidio pretende dar vida? A mí me parece que se trata de una escena primitiva que podemos figurarla en forma de paso de Semana Santa: la madre de la paciente con su hijo, la madre y el hijo mirándose interminablemente. Escena que probablemente aparece en la mirada que la madre dirige a la paciente, al mismo tiempo que hace comprender a su hija que ella está, para siempre jamás, excluida de esa escena. Una escena primitiva fetichizada en el sentido que aquí, al contrario que en una fantasía neurótica (donde el sujeto ocupa tanto la posición pasiva de mirar como se engendra, al mismo tiempo que la de actor de ese engendrarse en el movimiento fantasmático), existe solamente la posición de mirar, deteniéndose esa mirada en esa imagen fija justo antes de llegar a la castración materna que sería el duelo, la muerte realizada psíquicamente de ese hijo.
El hijo no acaba de morir, sigue existiendo en esa paralización fantasmátic