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Cada vez estoy más convencido de una inteligencia colectiva, de la cual quien firma no es sino el más osado, o quien está más cerca de convertir su deseo en letra.
Científicos, intelectuales, artesanos, quizá el lugar de los psicoanalistas sea inevitablemente algún tipo de frontera. Si esto es así, antes de preguntarse acerca de qué fronteras, cabe encontrar respuesta a una primera pregunta: ¿en calidad de qué? Conquistadores, cartógrafos, policía de migraciones… ¿o quizá contrabandistas?
Lugar de tráfico e intercambio, foro romano, ágora griego, bazar persa, oasis en el cruce las caravanas, Internet será el primer ámbito que acogerá el acercamiento entre psicoanalistas.
¿Demasiado virtual para mi gusto? El antídoto es evocar los encuentros con las personas reales, las polémicas apasionadas con los otros y sus textos, las complicidades de cafés y pasillos, donde se comparten perplejidades y atrevidas hipótesis.
Rara vez me encontré con afinidades teóricas que no fueran acompañadas por otras más profundas y vitales. Confesiones de crisis existenciales o vocacionales. Humor, juego, indignación compartida.
Confidencias acerca de pasiones más o menos clandestinas: el cine, la escultura, el golf. O el baile, los perros, la cocina.
¿Cómo mantener la vivacidad de un diálogo cuando el interlocutor está ausente, lejano en el espacio y el tiempo? Cuando se debe exponer la palabra inerme y sin voz, letra sin música para ser leída y no hablada.
Retornan ecos de trayectos compartidos con personas y textos. Psicoanalistas de todo el mundo, estudiantes de la universidad, personajes públicos y