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Cuando el Comité del Programa de la IPA me concedió el honor de elegirme a mí como conferenciante norteamericano del Congreso, me dediqué un tiempo a estudiar el significado del tema «Trabajando en las fronteras». La palabra «fronteras» me inspiraba visiones de peligro, de lo salvaje, y de regiones incivilizadas donde ya no se aplican las constricciones de la sociedad. Una definición autorizada fue particularmente oportuna: «La parte de un país que forma la frontera o el límite más extremo de regiones habitadas o colonizadas» (, p. 1.034). Una segunda definición era aún más audaz: «Una barrera contra el ataque» (, p. 1.034). Así, una de las cuestiones que se plantean a los psicoanalistas que asisten a este congreso es la de identificar las zonas infernales de la iniciativa psicoanalítica, donde nos encontramos más vulnerables al ataque, acosados por lo salvaje, y expuestos a los peligros intrínsecos a nuestro trabajo. Al meditar las peligrosas fronteras del psicoanálisis, asocié con las «ruinas» psicoanalíticas que he observado cuando los pacientes suicidas han sido muy mal llevados por psicoanalistas bienintencionados.
Mi carrera profesional ha sido en cierto modo única, debido a mi interés continuado por dos áreas del así llamada «extensión cada vez mayor» de esta frontera, que algunas veces puede resultar peligrosa. Durante muchos años soporté una carga de pacientes suicidas resistentes al tratamiento, que presentaban una patología caracterial severa, y que acudían como último recurso a la Clínica Menninger. Igualmente he pasado gran parte de mi vida profesional consultando, asesorando, o tratando a terapeutas y analistas (la última vez