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El término «fantasía» se confunde con lo imaginario, la imaginación, por lo que resulta un término vago que induce a error. Ya en los años veinte los traductores ingleses de Freud adoptaron una ortografía especial—ph en lugar de f— con el fin de diferenciar el significado psicoanalítico del término «fantasía» en el sentido de fantasías inconscientes o predominantemente inconscientes, del término «fantasía» en general. Es por ello que, en desacuerdo con el resto de mis colegas del Comité Editorial, me van a permitir que utilice el término psicoanalítico francés fantasma, que, a mi modo de entender, permite diferenciarlo. No por su carácter consciente o inconsciente, sino como concepto psicoanalítico, noción cuyo origen está en el inconsciente, donde a pesar de predominar los procesos primarios, puede alcanzar un gran poder de estructuración del psiquismo desde sus comienzos, como veremos, más allá de su carácter patógeno descrito por Freud en algunos casos.
Desde el principio de su obra, Freud en la Comunicación Preliminar señala que es de reminiscencias que sufre la histeria. Ahora bien, de qué reminiscencias se trata, he ahí una cuestión a la que Freud intenta dar una respuesta. Estas reminiscencias o recuerdos patógenos Freud los relaciona primero con su teoría de la seducción. Sin embargo, su interés por las ensoñaciones diurnas, así como por los sueños, como manifestaciones de los deseos hace que en 1897 en su carta a Flies escriba que no existe ningún índice de realidad que haga posible distinguir la realidad de la ficción.
Esta decepción se produce muy poco antes de su descubrimiento de la sexualidad infantil y más tarde del Complejo de Edipo. En 1899, en Los recuerdos pantallas, Freud señala que «Nosotros no tenemos recuerdos sobre nuestra infancia, sino relativos a nuestra infancia». De este modo destaca el valor del fantasma y su protagonismo en la formación de los recuerdos.
Los fantasmas inconscientes son el punto de partida de la formación de sueños y de sí