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El sueño es, en resumen, una regresión al pasado más antiguo del que sueña, una reminiscencia de su infancia, de las mociones pulsionales que la dominaron y de los modos de expresión de los que dispuso. Tras esta infancia individual podemos entrever la infancia filogenética, el desarrollo del género humano, siendo el desarrollo del individuo una repetición abreviada, influenciada por las circunstancias de la vida. Presentimos la certeza de las palabras de Nietzsche cuando dice que el sueño perpetúa una época primitiva de la humanidad a la que ya no podemos acceder por una vía directa. Mediante el análisis de los sueños cabe la esperanza de llegar a conocer la herencia arcaica del hombre, descubrir lo que es psíquicamente innato.1
En aquel principio de siglo, Freud es influenciado por los descubrimientos y las hipótesis científicas del momento. En este texto nos encontramos con la analogía embriológica entre ontogénesis y filogénesis, la referencia al evolucionismo, de Darwin a Frazer. El lector actual sigue siendo sensible a su dimensión poética que nos hace pensar, según los días, en los primeros compases de El oro del Rhin, en la sonata Waldstein o en la Consagración de la primavera, si no en La ronda de las más bellas pruebas de la existencia de Dios o en 2001, Odisea del Espacio. La fascinación romántica por los Uralten Zeiten no debe hacernos olvidar que nuestra reflexión psicoanalítica se basa precisamente en la búsqueda de lo que ha ocurrido antes. Pero, ¿cuál es el límite de esta búsqueda de anterioridad? ¿Existe acaso este límite? ¿Es el nacimiento el origen de las coordenadas de la historia psíquica? ¿Debemos ir más allá? ¿Hacia la historia fetal, hacia la historia transgeneracional