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Las verdades descubiertas por el psicoanálisis freudiano fueron presentidas por grandes poetas y pensadores, sus temas ya habían pertenecido al discurso de diversas disciplinas, del arte, de la literatura, de las religiones, de la mitología. Sin embargo constituyó un saber nuevo, una revelación en su momento escandalosa, atacada por sus colegas con críticas sarcásticas o combatida con el silencio, aunque Freud, como todos los investigadores clásicos, buscara el estímulo de otros hombres de ciencia para la discusión de sus descubrimientos. La sistemática hostilidad de la ciencia establecida hizo que contara más con la opinión de los profanos que con la de los entendidos. Esto contribuyó a la difusión de sus ideas, inquietud siempre presente en él que puede constatarse en las numerosas ocasiones que dio forma de conferencia a sus escritos poniendo su obra al alcance del gran público y no teniendo por ello que banalizar sus conceptos. Sin este esfuerzo, sus ideas corrían el peligro de desvanecerse y Freud deseaba imponerlas. Hoy podemos decir que se sostenían en la convicción inquebrantable que lo caracterizaba, en el entusiasmo para perseguir el ideal del triunfo de la verdad, en suma, en una pasión por la ciencia que se correspondía con su profunda envergadura intelectual.
Si bien el deseo confesado de su juventud había sido alcanzar el conocimiento filosófico, su vida transcurrió por el camino de la investigación científica. No por ello fue menos influenciado por la literatura; un ejemplo, la lectura de Goethe, íntimamente ligada al destino de Freud y a su pensamiento psicoanalítico.
Las proposiciones de la nueva teoría constituyeron una amenaza para el saber médico que apoyado en seudo-teorías tranquilizadoras acerca de la simulación histérica, de la causalidad somática, anatómica o química de los síntomas