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Es muy probable que los sentimientos de huérfano discurran soterrados a lo largo de mi vida y de mis obras.
Desde la antigüedad, el pensamiento del hombre sobre su destino ha estado simbólicamente ligado a una representación femenina. Las Moiras, diosas griegas del destino, hijas de Zeus, simbolizaban su cumplimiento: Cloto hilando el hilo de la vida, Laquesis distribuyendo el destino y Átropos cortando el hilo de la vida. Identificadas en la mitología romana con las Parcas han conservado su frescura simbólica en la cultura occidental.
En La interpretación de los sueños, Freud (1900) alude al mito al rememorar la aprehensión cognitiva de la certeza de la muerte cuando tenía seis años. A través de la palabra de su madre, ejemplificada con lo familiar y doméstico, el incrédulo Sigmund se resigna a aceptar «[…] Lo que después oiría expresado con estas palabras: Debes a la naturaleza una muerte. Entonces eran de verdad las parcas esas mujeres que vi entrara en la cocina, como tantas veces hice de niño, cuando tenía hambre y mi madre junto al hogar me hacía esperar hasta que el almuerzo estuviera listo […]. Los dos afectos correspondientes a estas escenas infantiles, el asombro y el sometimiento a lo inevitable, aparecieron en un sueño que tuve poco antes y que me devolvió por primera vez el recuerdo de esa vivencia infantil» (p. 219). A partir de este momento la madre y la muerte comienzan una sincrética andadura en el pensamiento freudiano.