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El film de Louis Malle titulado Herida, de 1992, logra conmovernos porque la trágica historia que muestra no es ajena a nuestro inconsciente, que está poblado de impulsos y fantasías edípicas que son universales. Esto hace posible la identificación del espectador con personajes como los de esta película, que están gobernados por fuerzas tan oscuras como poderosas y entregados a una pasión incestuosa en la que lo erótico es indiscernible de lo destructivo.
El psicoanálisis considera que el ser humano está determinado por el inconsciente y por sus pulsiones, en las que se manifiesta el antagonismo entre Eros y Tánatos. En sus primeras teorizaciones Freud planteaba que el funcionamiento psíquico estaba regido por el principio de placer, pero más tarde, en 1920, reconoció la presencia activa de una pulsión autodestructiva que lo llevó a postular la existencia de un más allá de ese principio. Lo que denominó pulsión de muerte se caracteriza por la aspiración al cero de tensión, es decir, a la satisfacción absoluta. El cero supone la abolición de todo límite, de toda medida, y la disolución del sujeto y el objeto en un nirvana donde desaparecen las fronteras, las delimitaciones. Ese retorno a la nada es la tendencia más primitiva de la pulsión.
A la pulsión de muerte se opone Eros, o pulsión de vida, que apunta a la conservación del vínculo y de los objetos y que trata de detener la letal tendencia a la descarga total e inmediata y de canalizar las energías pulsionales en un funcionamiento subordinado al principio de placer y a la realidad cultural, basada en la ley edípica que prohíbe el incesto y asigna un lugar en la genealogía. Precisamente, la práctica psicoanalítica trata de contener la tendencia a la descarga inmediata en la acción para favorecer la capacidad de fantasear y de pensar, posibilitando la comunicación y el afianzamiento del espacio psíquico.