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Cuando se me pidió un título para mi intervención de hoy me vino en primer lugar el que, luego, tras una asociación libre sobre mi ocurrencia, resultó definitivo. Espero que a lo largo de estas reflexiones sobre la reacción terapéutica negativa se aprecie por qué. Les ahorraré los pormenores. Quiero subrayar la perplejidad que produce el carácter paradójico que corresponde al tema, como K. Horney (1936) lo describía.
Freud escribe a sus analistas con preocupación por los obstáculos que el análisis, lejos de lo que fuera deseable, encuentra en sus éxitos terapéuticos. Planteando los límites y eficacia de los tratamientos, describe una situación, un funcionamiento psíquico, alteración del yo, obstáculo mayor al progreso del análisis, y deja abierto el tema. Porque, en mi opinión, el recurso definitivo a la pulsión de muerte no es una respuesta, aunque las referencias a la culpa inconsciente, la repetición en sus distintas formas, abren vías de investigación que los seguidores no van a dejar en barbecho.
En nuestra práctica, reconocemos una situación que contrasta con el funcionamiento anterior que, no falto de vicisitudes, pensábamos (vamos a suponer que bien pensado) funcionaba, en esa espiral de acercamiento alejamiento, paso adelante paso atrás de un trabajo analítico. Nos encontramos que las señalizaciones y las interpretaciones no valen. Las asociaciones se empobrecen, como si se tratara de una veta agotada…, se produce un tan tan repetitivo y monótono cuando no en declive, quejas… Las cosas van mal, pueden aparecer somatizaciones… y parece como si la compulsión a la repetición se opusiera a todos los intentos de libidinización. ¿Qué trigémino se habrá tocado?
Una primera tarea que se impone es circunscribir el terreno. Se da un uso descriptivo de la reacción terapéutica negativa que a veces abarca todos