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Al término de su muy preciso trabajo, Louis Dujarier recordaba el carácter ante todo teórico, al menos en los escritos de Freud, de la noción de compulsión de repetición. En la presentación de este texto, acaba de plantear un cierto número de cuestiones que se acercan a la penetrante reflexión de Claude Hollande y de Michel Soulé. Desde luego, cada uno de ellos promueve un examen totalmente libre del tema de este Coloquio.
Para empezar, no me parece inútil subrayar un contraste que todos reconocen abiertamente: los analistas se entienden generalmente sobre la noción clínica de la repetición, mientras que la interpretación del fenómeno suscita siempre controversias, incluso enfrentamientos apasionados. Las ambigüedades, las contradicciones mismas que descubrimos en Más allá del principio del placer, y que Freud, de hecho, no disimula nada, no son sin duda ajenas a esta situación. Se sabe que sólo Ferenczi, Eitingon y Alexander acogieron sin reservas los puntos de vista altamente especulativos desarrollados en este trabajo. Freud, por su parte, no dudaba en escribir: «que la tercera etapa de la teoría de los instintos no puede pretender llegar a la misma certeza que las dos primeras».1 En Inhibición, síntoma y angustia, mantiene explícitamente el valor, en el campo clínico, de la antigua dualidad instintiva. Finalmente, alrededor de los años veinte, cuando salió a la luz una enorme decepción respecto al alcance terapéutico del análisis —hecho que quizás subestimemos—, fue abordado directamente por Wilhem Reich; le respondió a éste último cuando le preguntaba, muy emocionado, si su intención era la de introducir el instinto de muerte como teoría clínica, que «sólo era una hipótesis», y le aconsejó entonces que no se preocupara por el tema y que siguiera con su trabajo clínico.2