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Un estado de sufrimiento moderado es necesario para llevar a cabo cualquier trabajo intenso.
La fuerza que lleva a crear es vivida a menudo por los artistas como una obligación irresistible que se acompaña en muchos casos de un elemento de sufrimiento. No por casualidad comparan el proceso creativo a un parto o a una ascesis.
Una necesidad imperiosa los empuja —como no pensar en la fuerza de la pulsión— y reconocen abiertamente que no pueden resistirse a ella. Añaden también que es para ellos mismos para quien crean y que la relación al otro, futuro espectador a quien su trabajo será o no será destinado, no les importa. Sin embargo ¿es posible concebir un movimiento pulsional que no esté dirigido a ese Otro interno que, aunque lo reneguemos, siempre nos habita?
La prueba es que raramente permanecen indiferentes a los ecos suscitados por sus obras y a las satisfacciones o heridas que producen. No puede ser de otro modo ya que ese público cuya opinión aparentan desdeñar no es sino el reflejo especular de los objetos primarios del niño y de su anhelada aprobación, siempre tan vivaz en el sujeto como entonces. Es claro que me estoy refiriendo a las producciones artísticas auténticas, enraizadas en la vida anímica. Las imitaciones dictadas por la moda o un falso self obedecen a otras motivaciones de carácter pregenital, esencialmente anal y/o narcisista.1