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La música, para crear armonía, debe estudiar la discordancia.
Me encontraba frente a esa hoja en blanco que se presenta inquietante ante nuestros ojos antes de iniciar un trabajo, cuando recordé un fragmento de sesión en la que una paciente me decía, refiriéndose a un trabajo que tenía que entregar a una profesora, que lo más difícil eran la introducción y las conclusiones.
En ese momento, y en la situación analítica, escuché algo diferente, que me incluía en esa escena, y que nos remitía a su mundo fantasmático infantil, y en ese sentido lo interpreté.
En este contexto, fuera de la situación analítica, el recuerdo de esta frase me provoca una sonrisa por identificación. Es verdad que resulta difícil empezar y terminar un trabajo, y exponerse a la mirada de otros.
El título de este trabajo llegó en mi auxilio, envuelto en Bach, como una primera promesa esperanzadora, un germen de algo que tal vez podría fructificar y evolucionar hacia una estructuración más o menos coherente de ideas y pensamientos dispersos en ese momento.
A sabiendas del riesgo que representa el intentar forzar las metáforas, si se pretende acercarlas demasiado a lo metaforizado, la conexión entre la escucha analítica con el mundo musical, que forma parte de mi propio mundo afectivo, y por tanto de mis simbolizaciones personales, me proporcionó la base para intentar adentrarme en este tema esencial para el psicoanálisis.
Tema central, pues, que puede ser abordado desde muy distintos vértices, dada su extraordinaria amplitud y complejidad.