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La metáfora musical propuesta por Milagros Cid me va a permitir hablar de polifonía.
En situación analítica, analista y paciente experimentan una regresión. La regresión consiste en un recorrido regrediente hacia modos de funcionamiento anteriores. No son etapas nuevas, sino un volver sobre caminos progredientes anteriores del sujeto, a lo largo de los cuales ha habido tropiezos y dificultades que han dado lugar a elaboraciones. Con mayor o menor éxito. Toda regresión discurre, pues, por un camino ya andado que tuvo su punto de partida en las primeras relaciones del bebé. Esa relación primera es la brújula. No digo nada nuevo.
La escucha psicoanalítica seguirá el mismo camino. Una vez más: las líneas convergen hacia las identificaciones femeninas.
En la relación de la madre con su bebé hay que considerar diferentes registros: una verdadera polifonía. Su polimorfismo posee un valor estructurante ligado a la pluralidad de los niveles libidinales de ambos polos de la relación.
En Introducción al narcisismo, Freud describe, no sin cierta crudeza, la relación narcisista de los padres con el niño, a la que hay que añadir el autoerotismo de la madre, puesto que durante un cierto tiempo el bebé ha formado parte de su propio cuerpo, y su erotismo: el bebé se convierte en su objeto. Aunque el mejor destino de este erotismo sea la inhibición de meta que desemboque en la ternura, la inhibición nunca es total. El masoquismo y el sadismo: placer de ser devorada, capacidad de ser «utilizada» (en el sentido de Winnicott) y mociones de odio. Y por último, el engaño: La madre arrulla al bebé «para que se quede tranquilo»… y para que le permita reunirse con su amante. Ejerce lo que Fain y Braunschweig llaman «la censura de la amante». Este último movimiento es de extrema importancia porque abre el camino hacia el tercero: el objeto en el objeto. Sin embargo, ninguno de los procesos de elaboración llega a ser completo.