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En primer lugar quiero agradecer a Milagros y a Juan Francisco las palabras de elogio que me han dedicado, fruto, sin duda, de los muchos años llenos de trabajos e ilusiones que hemos compartido en esta Asociación.
Me uno a todos en las felicitaciones que ha recibido Milagros por el excelente trabajo que nos ha presentado, en el que aborda, con una bien fundamentada base clínica y una documentada bibliografía, distintas perspectivas en las que puede considerarse la escucha psicoanalítica.
Me ha interesado especialmente las sugerentes reflexiones que hace sobre la analogía entre la estructura de la escucha y la de la composición musical.
Me gustaría introducir para el coloquio un aspecto de este tema que, aunque Milagros lo cite, no lo desarrolla.
Me refiero a la participación de los elementos no verbales, no significantes, es decir, de los componentes prosódicos del lenguaje: la voz con su timbre, entonación, modulaciones y el ritmo.
Ellos nos remiten a un tiempo en el que el intercambio de la voz de la madre con el hijo se realiza con anterioridad a la aparición del significado.
Es un campo en el que el primer vínculo de la madre con el hijo, en la comunicación por los órganos de los sentidos que funcionan a distancia, se realiza por la voz.
La madre es reconocida por las características de su voz y por ciertos esbozos melódicos, antes que por la visión. En su ausencia, su voz es alucinada por el niño en un tiempo en que no puede aún ser representada.
El valor afectivo de este elemento de la comunicación, la voz con sus características, es primordial.
No es aventurado afirmar que en la escucha psicoanalítica este factor se refleja por la parte de los dos participantes en ella, en una sutil atmósfera afectiva, que es creada, naturalmente de forma inconsciente, por el juego pulsional que se establece entre la transferencia y la contratransferencia.