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En el debate que siguió a la presentación del trabajo que antecede, en el XIII Simposio de la APM, mis interlocutores expusieron sus opiniones. Algunas de ellas discutían aspectos, centrales o marginales, de las ideas expuestas por mí. Otras, como suele suceder en estos casos, eran opiniones particulares relacionadas con algún punto del inabarcable universo que es la escucha psicoanalítica o el psicoanálisis en general. Alguna de estas últimas estaba a importante distancia de las ideas expuestas por mí, y alguna otra aún más lejos. Con desconcierto por ello, y hasta cierta decepción, enuncié algunas respuestas, tan alejadas de cualquier certeza que puedo hacer mío el aforismo de Boscoe Pertwee, citado por U. Eco: «Hace tiempo estaba indeciso, pero ahora ya no estoy tan seguro». Desde esa suspensión de la certeza, reseño algunas respuestas.
En mi presentación del trabajo al Simposio hice explícito mi acuerdo con el punto de vista de Racker, quién propone llamar contratransferencia al conjunto de la respuesta del analista a la transferencia del paciente, para evitar estériles confrontaciones terminológicas acerca de qué en esa respuesta es contratransferencia y qué no. Uno de mis interlocutores se mostró en desacuerdo con esta idea, y defendió un uso restringido del término contratransferencia, señalando que la mayor parte de la respuesta a la transferencia del paciente procede del funcionamiento mental del analista. Se trata, en mi opinión, de un buen ejemplo de las discrepancias terminológicas aludidas por Racker, porque el funcionamiento mental del analista en sesión, síntesis de su organización edípica y de su formación psicoanalítica, en mi opinión está incluido en la contratransferencia, que se encuentra a su vez en estrecha relación con la transferencia del paciente. Por eso prefiero hablar de contratransferencia a secas, haciendo en cada caso las aclaraciones correspondientes, que por otra parte son insalvables tanto si adoptamos el sentido amplio como el restr