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Y donde el ser humano suele enmudecer en su tormento, un dios me concedió el don de decir cuánto sufro.
El psicoanalista es un profesional del lenguaje, pero ante todo es un profesional de la escucha; un escuchador. Para ejercer nuestra profesión es imprescindible identificarse con el «Freud investigador», difícil proceso, ya que no se trata de adscribirse a una doctrina; uno tiene que pensar y cuestionar. Para poder pensar hay que separarse, desmarcarse tal y como él lo hizo, sin miedo y sin-vergüenza. Sólo entonces lograremos nuestra propia identidad profesional, labrada día a día, sesión a sesión, que nos permitirá escuchar, pensar y trabajar en libertad; esto constituye una ilusión, un ideal al que intentamos aproximarnos.
Psicoanalizar no consiste en aplicar una técnica ni en acomodar los hechos clínicos a una teoría. Es una práctica mucho más incómoda, creativa y personal, en la que, si bien no podemos prescindir de una teoría, debemos ser capaces al mismo tiempo de ofrecer una escucha libre de prejuicios. El trabajo de elaboración personal es lo que permite al analista recobrar su particularidad, estando a la vez identificado y diferenciado con su referente teórico [Sopena, 1989].
Sigmund Freud no fue, precisamente, un hombre manso; nos advirtió sobre el psicoanálisis «silvestre» (1910a), pero demostró ser un apasionado investigador, curioso, atrevido, capaz de ir una y otra vez de la clínica a la teoría y de la teoría a la clínica, modificando los conceptos hasta quedar más o menos satisfecho. Es más, me atrevería a decir que al maestro le irritaban