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Como entiendo que el objetivo de esta mesa es promover la discusión grupal y no restar protagonismo al diálogo, mi intención es tratar de realizar una intervención breve que evoque algunos aspectos relacionados con el tema del Simposio.
En primer lugar creo que sería necesario precisar lo que vamos a entender como escucha analítica. En mi opinión, por escucha analítica debemos entender no la escucha del paciente sino, la escucha de la situación analítica que está compuesta por el paciente, el analista, la relación que se establece entre ellos y el contexto de esta relación.
Por otro lado, el término «escucha» no remite en exclusiva al lenguaje verbal, puesto que la escucha analítica, como precisa Raúl Fernández en su ponencia, incluye el uso de todos los sentidos a través de los cuales nos llega información del inconsciente del paciente. Además tan importante es lo que el paciente dice como lo que no dice. No en vano la escucha analítica es, por definición, la escucha de un silencio, de algo que no puede ser dicho.
Entiendo asimismo que la escucha analítica no es algo que ocurra exclusivamente durante la sesión analítica, sino que es un proceso constante que sucede en gran parte en el inconsciente del analista y que posibilita la comprensión de aspectos transferenciales y contratransferenciales en diferentes contextos ajenos a la sesión, tales como una supervisión o un sueño del analista.
Como en todo proceso de comunicación, en el diálogo analítico existen al menos un emisor, un receptor, un mensaje y un contexto o medio a través del que se transmite. A su vez, cada uno de estos cuatro elementos aporta cantidad de variables que le son propias y que también influyen de manera decisiva en la comunicación; por ejemplo, la historia infantil del analista, el código o lenguaje en el que se transmite el mensaje, el contenido de éste, etc. Cada una de estas variables puede provocar algún tipo de obstáculo o interferencia que altere el proceso de comunicación paciente-analista.