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Es para mí un honor y una satisfacción abrir el debate sobre un tema tan actual e importante en psicoanálisis de niños y adolescentes y agradezco tanto a la Junta Directiva y su presidente como a Paco Muñoz, coordinador del Departamento, el haberme invitado. Aunque sé que mis colegas van a desarrollar muchos de estos aspectos y dado que actualmente soy miembro, como muchos de nosotros, del COCAP, pero también de la Junta Directiva de la Sociedad Europea de Psicoanálisis de Niños y Adolescentes (SEPEA) y tengo contacto con el psicoanálisis de niños y adolescentes de la Federación Psicoanalítica de América Latina (FEPAL), además de una práctica cotidiana en niños y adolescentes que nunca he abandonado, puedo aportaros algunas perspectivas de actualidad.
Muchos psicoanalistas consideran que no hay ninguna diferencia entre el psicoanálisis infantil-adolescente y el del adulto. Recientemente, uno de ellos, A. Ferro, nos contaba que estaba haciendo una experiencia: un grupo de psicoanalistas presentaba sesiones de niños, de adolescentes y de adultos sin comunicar la edad de los pacientes. Entre los psicoanalistas que participaban, ninguno supo especificar de quién se trataba: si de adultos o de niños o adolescentes. Esta afirmación nos dejó perplejos a muchos de nosotros, los que pensamos que sí existen diferencias, no solamente de temáticas tratadas en las sesiones, de fantasías y de formas de pensar, pero también de las secuencias propias del relato y de los procesos asociativos que lo integran.
Es cierto que existen muchas similitudes, pero también muchas diferencias. Últimamente, dos eminentes psicoanalistas de niños y adolescentes, F. Guignard y A. Anzieu han hablado sobre el tema en el aniversario de la SEPEA. Decían: «El rechazo consciente y asumido del psicoanalista de ceder a la exigencia omnipotente del principio del placer de su paciente hace que tanto niños como adultos se encuentren en la misma situación psíquica», para indicar que la actitud psicoanalítica pue