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Podríamos concebir la adultez como el estado o momento de la vida en el cual la experiencia infantil y adolescente del sujeto han sido integradas dentro de una estructura más o menos estable. De igual manera, diría que nuestra institución se ha hecho adulta con la integración, dentro de ella, de un Departamento dedicado a la formación y la difusión del psicoanálisis de niños y adolescentes sin que ello represente una amenaza para su identidad. La identidad psicoanalítica adulta de la APM tuvo que estar suficientemente consolidada para poder crear en su seno un espacio para el psicoanálisis de niños y de adolescentes.
Dentro de la tradición freudiana, representada por la IPA, la identidad de psicoanalista se adquiere a través de la formación como psicoanalista de adultos: ser psicoanalista es esencialmente ser capaz de analizar a pacientes adultos. Es decir, que todos los psicoanalistas de niños y de adolescentes que somos miembros de la IPA somos también psicoanalistas de adultos. Es más, en casi todos los institutos de la IPA donde existe una formación especializada para ello, formación que ha sido reconocida por la IPA (y no sólo por las sociedades componentes particulares) muy recientemente, es necesario completar la formación con adultos antes de ser reconocido como analista de niños y adolescentes. Y esto tiene raíces históricas así como también obedece a motivaciones más profundas: identificamos, como en el acervo popular, al psicoanalista con el personaje que está sentado detrás de un paciente echado en el diván, y este ritual está muy arraigado a la base de nuestra identidad, representando lo que hemos llamado «la cura tipo»: el método elaborado por Freud a partir de su trabajo con pacientes neuróticos «adultos» (algunos de los cuales eran realmente adolescentes). Así como el psicoanálisis fue originalmente concebido por Freud a partir de su trabajo con adultos, y su descubrimiento de la sexualidad infantil surgió de su autoanálisis