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Pensar la adolescencia desde la duda acerca de la identidad que todo adolescente se plantea, o debería plantearse, me va a permitir exponer algunas ideas sobre las vicisitudes de la construcción o el fracaso de dicha identidad y sus consecuencias psicopatológicas
Tratar de negar o evitar el duelo que implica la pérdida de la infancia, o querer instalarse en el mundo adulto sin haber transitado el mar de confusiones y contradicciones típico de la mentalidad adolescente dará lugar a la incapacidad para madurar como sujeto psíquico. Si las identificaciones se afirman fuertemente desde el principio de la pubertad habrá pocas posibilidades evolutivas que impedirán o dificultarán vivir las múltiples oportunidades que este periodo ofrece. Será la tolerancia al cambio, a la incertidumbre y a la soledad lo que va a permitir elaborar este proceso caracterizado en muchos momentos por el exceso tanto para lo bueno como para lo malo (Ch. Smirgel, 1991).
La adolescencia es el momento en que la pulsionalidad y sus derivados fantasmáticos, es decir, lo más íntimo y singular de cada sujeto, están en plena efervescencia produciendo una fragilidad del sentimiento yoico. Debido a dicho incremento pulsional típico de la pubertad, se reactivan los deseos edípicos y preedípicos los cuales difícilmente pueden ser contenidos por el superyó de la latencia. A partir de la pubertad, si bien el superyó debe seguir cumpliendo y, más que nunca, mantener a raya el tabú del incesto, debe instrumentalizar medios para posibilitar la sexualidad exogámica, desprendiéndose de las primeras representaciones de objeto con sus correspondientes valores morales internalizados debiendo suavizar las imagos parentales prohibidoras y buscando nuevas identificaciones en el yo y en el superyó. Tanto los ideales ascéticos como las conductas desafiantes podíamos entenderlas desde esta perspectiva. Es decir, que el adolescente necesita alejarse de lo que fue su fuente de seguridad: sus identificaciones parentales y su i