You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
«¿Qué sabes sobre este asunto?», preguntó el Rey a Alicia.
«Nada», contestó Alicia.
«¿Absolutamente nada?», insistió el Rey.
«Absolutamente nada», replicó Alicia.
«Eso es muy importante», dijo el Rey, girando hacia el jurado. Empezaban a anotarlo en sus pizarrones, cuando el Conejo Blanco interrumpió: «Vuestra Majestad quiere decir sin importancia, por supuesto», afirmó en un tono muy respetuoso, pero frunciendo el ceño y gesticulando al dirigirse al Rey.
«Claro, quise decir sin importancia», contestó precipitadamente el Rey y siguió murmurando para sí: «importante-sin importancia-sin importancia-importante» como si quisiera comprobar cuál de las palabras sonaba mejor.
Comienzo citando este pasaje de Alicia para ayudarme a reflejar el nivel de confusión, perplejidad y vertiginoso desconocimiento que caracterizaron el trabajo que describo a continuación. Cuando intentaba acompañar a Carlotta y jugar con ella, me sentía frecuentemente confundido, perturbado e incapaz de anticipar el lugar adonde nos dirigíamos o de organizar mis pensamientos sobre el lugar en el que estábamos. En ocasiones, mis propias asociaciones y consideraciones, en apariencia perversas, me perturbaban profundamente. Yo sabía que Carlotta intentaba encontrar el sentido de su complejo y doloroso paisaje interior y que estaba empeñada en entender las cosas. Sentía también que su perplejidad y perturbación era lo que producía mis sentimientos de angustia, consternación y desorden. Estábamos ambos implicados en algo relacionado con la esencia de lo traumático y con la