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En el momento en que escribo, seres humanos altamente civilizados vuelan sobre mi cabeza con la intención de matarme. No albergan ninguna hostilidad hacia mí, en tanto individuo, ni yo hacia ellos. Simplemente «cumplen su deber», como se dice.
La mayoría de ellos, —estoy seguro— son hombres de corazón, respetuosos de la ley, jamás pensarían cometer un crimen en su vida cotidiana. Si alguno de ellos me redujera a polvo con una bomba juiciosamente arrojada, dormiría tranquilo el sueño del justo. Él sirve a su país, que tiene el poder de absolverlo de toda mala acción [traducción personal].
La verdad, tan simple como aterrorizante, es que las personas que, en condiciones normales, hubieran podido quizás soñar crímenes sin jamás nutrir la intención de cometerlos, adoptaron en condiciones de tolerancia completa de la ley y la sociedad, un comportamiento escandalosamente criminal.
Hace ya muchos años (en Humanismo y terror) Maurice Merleau-Ponty, señalaba que la medicina y la tortura guardan entre sí una afinidad tópica en el sentido de que ambas se alojan en y colonizan el espacio de intimidad del cuerpo sensible de alguien humano: una para salvarlo, la otra para destruirlo.
Cierto estupor brota al pensar juntas nociones tan antinómicas como las de medicina y tortura, pero su virtud es apuntar y hacer elocuente y