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Es también muy notable que jamás se nos ocurra considerar el duelo como un estado patológico y someter al sujeto a un tratamiento médico, aunque se trata de un estado que le impone considerables desviaciones de su conducta normal. Confiamos, efectivamente, en que al cabo de algún tiempo desaparecerá por sí solo y juzgaremos inadecuado e incluso perjudicial perturbarlo.
Esta cita de Freud ilustra su concepción del duelo: un proceso doloroso y sin embargo «normal», en el que el yo no rompe su relación con la realidad, aunque retire momentáneamente sus investiduras del mundo exterior. Hay que respetar tan largo y penoso proceso y una intervención médica es inútil e incluso desaconsejable.
Pero, ¿qué ocurre cuando ese duelo irrumpe súbitamente en el desarrollo de una cura psicoanalítica? En este caso el paciente está ya sometido al tratamiento de un médico… del alma.
Semejante acontecimiento perturba brutalmente el proceso introduciendo nuevos elementos de orden cualitativo y cuantitativo en el psiquismo del paciente.
Las investiduras narcisistas y las investiduras de objeto se trastocan y entre el duelo «normal» y la melancolía aparecen alternativamente unos estados que interrogan al observador.
¿Qué posición adoptará entonces el analista para no ejercer un efecto perjudicial sobre el paciente ni sobre sí mismo?
Semejante situación le hará enfrentarse inevitablemente a sus propias pérdidas, obligándole a estar muy atento a sus movimientos contra-transferenciales.
¿Es realmente inadecuado poder elaborar un duelo en compañía de un psicoanalista?