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Aunque hoy en día la palabra «trauma» esté en boca de todo el mundo para designar muchos de los horrores que vivimos, ya sean guerras, agresiones, catástrofes, muertes, desgarros y sufrimientos, desconsuelos por las pérdidas y todo un contexto de abominaciones, el estudio del trauma podría parecer un tanto irracional porque se nos argumentaría que, habiendo vivenciado directa o indirectamente todas esas emociones que acompañan esas designaciones, las palabras huelgan porque, ¿qué hay más allá de tanta consternación? ¿Es que hay palabras que puedan traer consuelo a tanto desconsuelo? Sobre todo que lo vivenciado, lo que se ha visto, parecería permanecer en nuestros espíritus para mantener vigentes las huellas de esos desgarros.
¿Y quién podría argumentar que todas estas descripciones no fueran traumáticas cuando la evidencia se impone?
¿Es que el trauma que ha entrado por la vista es diferente al trauma que no se ve?
Sin embargo, como decía Platón, sólo podemos ver lo que es invisible, o dicho en palabras de Confucio, la verdadera imagen es la que obtenemos mirándonos adentro, encontrándose con las ya famosas frases del Principito: sólo se ve bien con el corazón, lo esencial no se puede ver con los ojos. Luego, es invisible.
¿Y qué es lo esencial? Es cierto que los sentimientos no se ven, ni se palpan y, sin embargo, existen.
Si existen traumas para los ojos y los oídos,1 debemos pensar que también existen traumas para los sentimientos, los afectos y, por extensión, para el pensamiento.
¿El trauma psíquico sería, pues, invisible?