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Los sentimientos de vergüenza y culpabilidad han sido muy frecuentemente confundidos a lo largo de la historia del psicoanálisis, y no teorizados como sentimientos distintos hasta épocas relativamente próximas, tal vez a causa de la proximidad de sus orígenes, y la intensa intrincación que en el adulto ocurre entre ambos sentimientos. Tanto es así que un autor de la ambición y riqueza teorizadora como A. Green dice no sentirse capaz de ofrecer una síntesis evolutiva de la vergüenza, y referirla a una etapa del desarrollo.
No es frecuente en psicoanálisis la preocupación por denominar y discriminar la cualidad de los sentimientos; bajo el rótulo de afectos o sentimientos se plantea con frecuencia un cierto cajón de sastre. Seducidos por la riqueza de la representatividad que nos comunican nuestros pacientes, y nuestros propios análisis y autoanálisis, solemos dejar de lado la valoración y descripción de los sentimientos, para cuya captación y expresión hemos de reconocer que tenemos menos herramientas intelectuales. Sí lo han hecho, con finura y fecundidad, los filósofos y psiquiatras fenomenológicos, a los que sin embargo les falta la riqueza que proporciona el método psicoanalítico. Sin embargo su estudio y discriminación pueden ser de gran utilidad a la hora de valorar algunos aspectos estructurales y de funcionamiento mental como hace poco tuvimos ocasión de observar en nuestra Asociación con el tema del dolor y la distinción entre dolor, sufrimiento y tristeza por la pérdida de objeto, en la discusión de un trabajo de J.L. López Peñalver. No hemos de olvidar que los afectos son una de las primeras expresiones psíquicas de la pulsionalidad, y que por tanto nos ofrecen una vía de acceso privilegiada a las capas más profundas del psiquismo.
Freud se refiere a la vergüenza a menudo de modo relativamente coloquial, no haciendo una teoría definida de la vergüenza en contraste con la importante atención que presta a la culpa. Pese a no dedicar una atención específica sob