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Las emociones, que nos parecen tan primitivas son, sin embargo, formas de pensamiento, representantes psíquicos de la pulsión. Son guías sin las cuales la cultura, a fuerza de sublimación, podría no ser más que una vasta maquinación, una pura cultura de la pulsión de muerte. El afecto es capaz de efectos contagiosos poderosos. Al hacer más fuertes a las multitudes, lo mismo puede convertirse en el motor de las revoluciones que en el de los actos de barbarie de las hordas. Es decir, tanto en un agente de progreso como de regresión de la civilización. Y si demasiada emoción anula el pensamiento, su falta provoca la esclerosis de éste. De la emoción a la cultura, del cuerpo al pensamiento, el trayecto es largo y complejo pero indispensable para el psicoanalista. Este trayecto le evitará tanto la sequedad técnica, en nombre de una cierta pureza ideológica, como una desviación filosófica en una elaboración en un solo sentido, sin regresión posible y el apegarse, excesivamente, a un edificio metapsicológico idealizado y fijado de una vez por todas.
Claude Janin, que ha desarrollado el afecto de la vergüenza en un trabajo magnífico y muy estimulante para nuestra práctica cotidiana, retomó —entre otros temas de reflexión— la idea ya apuntada hace algún tiempo por Ruth Benedikt y Dodds, de que, en nuestro mundo, existirían culturas de la vergüenza y culturas de la culpa. Ésta es una idea que debe ser revisada a la luz de la teoría psicoanalítica pero que tiene el mérito de poner en