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En épocas pasadas, los culpables de un delito eran expuestos en la picota para el escarnio y la vergüenza pública. El término «poner en la picota» ha quedado como equivalente de airear las miserias ajenas. En la actualidad, como sabemos, los medios de comunicación cumplen aplicadamente tal cometido.
La relación evidente entre vergüenza y culpabilidad suscita múltiples interrogantes en la teoría y en la clínica psicoanalítica.
Si la culpabilidad ha sido más estudiada y conceptualizada en la obra freudiana, sobre todo con el desarrollo de la segunda tópica, especialmente con el estudio del Super-Yo y su relación con la conciencia moral, la vergüenza, aunque aparece abundantemente en el estudio de la clínica freudiana sobre todo de la primera época, posteriormente no ocupa un lugar específico en las conceptualizaciones freudianas, siendo referida sobre todo a su dimensión social en El malestar en la cultura (1930).
El paciente que ha inspirado estas reflexiones y el título de este artículo, al que llamaré Jaime, vino a verme bajo la amenaza de un proceso judicial, proceso de características un tanto kafkianas por su duración casi eterna y sus continuas e inesperadas complicaciones.
Jaime trabaja en una inmobiliaria. En un momento dado, junto con otros profesionales, acepta una importante remuneración en dinero negro. Sin saber que dicho dinero procede de operaciones fraudulentas. Por implicaciones políticas, se encuentra siendo acusado de un delito que no ha cometido. Su delito ha sido de tipo fiscal, consistente básicamente en no preguntarse por la procedencia de ese dinero, y por supuesto, no declararlo al fisco.
Este proceso judicial, que aparece desde lo real como una evidente amenaza de castración, va a permitir la instauración paralela de un proceso analítico,