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Existe un pequeño pueblo ubicado cerca de la cabecera de un río, que posee frondosos bosques, huertas, árboles frutales, fuentes, ricas flora y fauna, clima benigno… Para mayor evocación bíblica hace muchos años se le adjuntó el epíteto de «jardín del Palancia» (toponimia referida al río en cuestión). Sus habitantes, seres humanos completamente humanos, acordaron castigar la culpa de quien se apropiara de lo ajeno de manera ejemplar, ley consuetudinaria que consistía en someter al infractor/a a la vergüenza de permanecer sentado en medio de la plaza del pueblo, a los pies de un olmo varias veces centenario, junto al producto robado, que podía tratarse de unos cuantos higos, nísperos, cerezas… o una simple manzana. Con el transcurrir del tiempo dejó de verse a transgresor/a alguno bajo el olmo, pero dicha ley siguió trasmitiéndose de forma oral a las nuevas generaciones, de modo que la medida punitiva sirvió para que éstas, trabajando individualmente o en equipo, desarrollaran mejores estrategias. Desde luego la bondad sensorial del objeto de deseo merecía correr el riesgo, pero no hay duda de que lo que más encendía sus anhelos era el hecho de tratarse de… fruta prohibida. De todas formas, el celo de los legisladores no parece haber sido del todo en balde, porque las nuevas generaciones tuvieron que vérselas con una admonición repartida entre el «eso no está bien» y el temor, también interno, a «ser visto» en acción.
No he podido resistirme a contar esta historia verídica, merecedora de un trabajo de psicoanálisis aplicado, aunque sólo sea para poner en circulación los términos de vergüenza y culpa. El término «culpa» posee un consistente estatuto de «concepto» psicoanalítico, dado el grado de elaboración metapsicológica que alcanzó en Freud y autores posteriores. Esto no quiere decir que se trate de un concepto unívoco (¡faltaría mas!), pero hay razones para suponer que los psicoanalistas conocen cuales son sus coincidencias y