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Me han dado libre elección en cuanto al tema de mi intervención, y se me ha ocurrido la idea de hablarles del masoquismo —de hecho más especialmente del masoquismo moral— y de la melancolía, con la perspectiva o la hipótesis de considerarlos como estados de dependencia del yo. En filigrana, la cuestión que deseo subrayar —sin darle de hecho respuesta, pero con la idea de someterla a debate— es la de la doble pertenencia del masoquismo a la perversión y/o a la melancolía, debiendo entenderse ambas en el sentido psicoanalítico y no psiquiátrico de los términos.
Si me refiero a la noción de perversión, es con dos preocupaciones: primero clínica, porque hay en el vínculo «perverso» al objeto una relación de extrema dependencia presente a través de lo que Evelyne Kestemberg (1978) ha llamado «La relación fetichista»; preocupación teórica y metapsicológica por igual, ya que el texto de Freud de 1919 «Pegan a un niño» lleva por subtítulo «Contribución al conocimiento de la génesis de las perversiones sexuales». Pienso, además, que la perversión o más generalmente los acondicionamientos perversos, son la prueba de una fuerte dependencia al objeto, negada de forma masiva, con el intento iterativo de luchar contra esta dependencia, mediante la fetichización y lo que ésta implica en términos de escisión del yo y de aislamiento de los afectos.
En lo que respecta a la melancolía, me apoyaré en el punto de vista (que ya llevo algún tiempo defendiendo), según el cual el masoquismo puede en sus confines, y esencialmente cuando se expone como masoquismo moral, acercarse a la corriente narcisista prevalente en todo proceso de aspecto melancólico.