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El dolor o sufrimiento en el ser humano es un tema de gran complejidad, del mismo modo que sus manifestaciones. Es evidente que como psicoanalista no abordaré el dolor físico, biológico, sino desde la perspectiva psicoanalítica.
¿Qué quiero decir con esto? Mi interés va a centrarse en comprender el modo en que ciertos sufrimientos psíquicos inelaborables pueden manifestarse a través del soma. Dejaré a un lado todas aquellas otras manifestaciones en las que la psique no aparece implicada, ni cuando ésta lo sea secundariamente a partir de la experiencia dolorosa.
En la elección de dicho tema he hecho una condensación, o más bien cortocircuito, planteando en tres palabras dolor-psique-soma toda una serie de interrogaciones que me han surgido a lo largo de mi práctica clínica.
Es innegable que aunque diferentes, la psique y el soma presentan numerosas relaciones. Desde la antigüedad y particularmente partiendo desde un sentimiento religioso, se planteó desde una perspectiva binaria: un cuerpo por un lado, y la psique, llamada alma, por otro. El primero se consideraba finito en el tiempo, mientras que la segunda tiene un carácter inmortal. Sin embargo, desde la más remota antigüedad, han sido muchos los pensadores que han descartado este concepto binario a favor de una concepción monista.
A mi entender, un concepto binario resulta completamente imposible de aceptar, pero al mismo tiempo la concepción monista del individuo necesita ciertas consideraciones. El soma y la psique forman parte del individuo desde su origen, o más bien podemos decir que la psique se desarrolla a partir de un soma incipiente. La madre tiene una importancia fundamental en el desarrollo psíquico del mismo. Es ella quien va a poder integrar las