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Discutidor es alguien práctico en disputas o en discusiones, o aficionado a ellas. Si esto es así, creo que voy a ser un mal discutidor, porque no me adapto a la definición. Pero discutir tiene tres acepciones. En la segunda y tercera: «contradecir u objetar algo» y «contender y alegar razones en contra», tampoco creo que seré de gran utilidad, ya que me siento fundamentalmente de acuerdo con la mayoría de las ideas que expone Jaime Tabares. Afortunadamente, en su primer sentido, discutir es «examinar y ventilar atentamente una materia». Y esto es lo que me propongo hacer hoy.
Pero antes quiero, en primer lugar, felicitar a nuestros dos ponentes cuyos informes, bien trabajados y coherentes, nos prometen unos intercambios interesantes y fecundos. Además, entre ambas ponencias he encontrado algunos puntos en común que, personalmente, me han agradado. Se trata de ese aspecto desmitificador, nada sectario, que Pepe Gutiérrez ha llamado «desacralización» del pensamiento de Freud. Y eso es bueno. Siempre y cuando ese trabajo de desacralización no nos haga caer en su opuesto: un «extravío desacralizador», si se me perdona la paráfrasis. Extravío desacralizador que podría adquirir varias formas; por ejemplo, demonizando lo que antes se había idealizado (recordemos lo que nos dijo el propio Freud: los demonios son los mismos dioses caídos que antes veneramos y adoramos). O bien, por ejemplo, desplazando nuestra idealización desde un dios único, Freud, hacia otro u otros dioses que ocupan su lugar. Una forma tenemos, creo yo, de evitar tales extravíos: la clínica. La clínica que nos cuestiona y nos obliga a la modestia, a rebajar nuestras fantasías omnipotentes y que nos fuerza a poner los pies en tierra. Y ése es el primer aspecto que quisiera resaltar del trabajo de Jaime, el cual, no sólo nos permite sentir la profundidad de la experiencia adquirida en el tema elegido, sino que además nos ofrece la ilustración de sus postulados a través del caso de Ángel.