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El planteamiento de lo «exógeno» y de lo «endógeno» en la sexualidad me ha evocado el recuerdo de un cuadro que agradará a nuestros amigos valencianos, puesto que el autor es un pintor de Játiva. Se trata de Josep Ribera, «El Españoleto», representante sumo del tenebrismo barroco. El cuadro es «La mujer con barbas» que podemos admirar en el Hospital Tavera de Toledo. En él está representada una mujer con poblada barba y bigote amamantando a un niño.
El cuadro tiene más alcance del anecdótico que ha dado lugar al clásico número circense de la mujer con barba.
Otro recuerdo que me surge a continuación es el de un caso similar que me permite introducir algunas reflexiones.
Conocí hace muchos años, el caso de una joven funcionaria que en sus 20 años sufrió una desagradable metamorfosis. Le creció el vello en forma masculina, lo que le obligaba a afeitarse, enronqueció su voz y le creció el clítoris adquiriendo un aspecto peniforme. Este cambio morfológico se acompañó de uno paralelo psicológico, un cambio en la dirección sexual de 180°. Dejó de interesarse por los hombres y en su lugar surgió la atracción y el deseo por sus compañeras de trabajo. No traté el caso pues desapareció por las dificultades que la adaptación a su nuevo estado le produjeron.
En este caso podemos observar cómo la bisexualidad se despliega en dos tiempos netamente definidos. Hasta los 20 años fue mujer, y a partir de entonces se transformó en un hombre.
Quiero subrayar sólo un punto de este caso, por lo demás no infrecuente, una forma de tumor suprarrenal masculinizante, que produce grandes cantidades de testosterona. Se trata de interrogarnos sobre el estado de la sexualidad latente en cada uno de los dos sucesivos estadios de su evolución, en los que se manifestaban sucesivamente los dos componentes de la bisexualidad.